Escrito por Nicolás Jean Pierre Figueroa, Septiembre, 2026
Fuente: Diario Electrónico Polítika
Llueve sobre los techos de zinc del barrio este, cerca de la universidad, con esa terquedad del trópico que no negocia. El asfalto huele a café barato y a fotocopia vieja. A los cuarenta y dos años, él termina de limpiarse la grasa de las manos con un trapo que ya no devuelve nada, después de haberle dicho cosas impublicables a la transmisión de un sedán japonés que debió morir en los noventa.
Adentro, sobre la mesa de la cocina, lo espera algo peor que el sedán.
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Es una hoja tamaño carta. Arriba dice ÁRBOL GENEALÓGICO en letras que la maestra imprimió en negrita, y abajo hay ocho rectángulos vacíos conectados por líneas, más dos renglones al pie: País de origen de la familia: y Tradición familiar que más te gusta:. Entrega el lunes. Su hija se durmió a las nueve con la certeza tranquila de que el papá lo iba a resolver.
Son las tres de la madrugada y no ha escrito nada.
Ocho casillas. El problema no es que le falte información: es que le sobra, y que ninguna cabe en un rectángulo de cuatro centímetros. Empecemos por la burla exacta de la poliomielitis.
Por el lado del papá, en un pueblo del sur de Haití, hubo un niño que no conoció al suyo y que a los diez años enterró a su madre. Después vino la tuberculosis. Y detrás de la tuberculosis, como si alguien estuviera midiendo cuánto aguanta un cuerpo antes de romperse, vino la polio. Le dejó las piernas. La cabeza no la pudo tocar. Ese niño llegó a hombre en una fábrica de cemento organizando obreros, salió de la isla a los veinticuatro porque la policía del dictador ya tenía su nombre escrito, y pasó veintiséis años afuera enseñando economía y escribiendo la radiografía de esa dictadura, hueso por hueso, para que después nadie pudiera decir que no se sabía. Volvió el año en que el régimen cayó. Nunca se dejó cargar: subía él sus escaleras, con las muletas, respirando raro, mirando al frente.
En la hoja de la maestra no hay casilla para él. Los tíos abuelos no caben en un organigrama de ocho rectángulos: habría que ponerlo en el margen, con una flecha. Y sin embargo, sin ese hombre, no hay hoja, no hay niña y no hay nadie despierto a las tres de la mañana en esta cocina.
Por el lado de la mamá, cinco mil ochocientos kilómetros al sur, su bisabuela pasaba esos mismos años inclinada sobre un microscopio. Médica,investigadora, pulso de hierro. Trabajó en la vacuna contra ese mismo mal.
Uno perdiendo las piernas en el Caribe. La otra buscando en un vidrio la manera de que nadie más las perdiera. No supieron jamás el uno del otro.
La cura existía. Lo que no llegó a tiempo a esa isla fue la cura.
Décadas después, el relojero los sentó en la misma mesa. La mesa es él, con un lápiz en la mano y ocho rectángulos vacíos.
Al puerto de Galway llegaron con un solo bolso entre los dos.
El mayor era el que hablaba: el de las reuniones, el de los panfletos, el del partido. Le habían dado a elegir entre el barco y la horca, y estaba de un humor espantoso. El menor no había hecho absolutamente nada en su vida, salvo aparecerse esa mañana en el muelle con un abrigo prestado.
—Volvete a casa.
—Ya compré el pasaje.
—No tenés nada que ver en esto.
—Tengo que vos sos mi hermano —dijo el menor, y se acomodó el bolso, y no volvieron a hablar del tema en cuarenta años.
En el bolso había ropa, un poco de dinero y un libro que no era de él: se lo había robado al mayor la semana anterior y nunca se lo devolvió. Cruzaron el Atlántico hasta Buenos Aires y después el continente entero hasta Santiago, y el libro cruzó con ellos. Uno fue desterrado por sus ideas. El otro, por su hermano. El del abrigo prestado terminó siendo el padre de la médica.
La médica vivía en Los Plátanos 2967, en Macul, que no era una dirección sino una trinchera con cocina.
Su marido medía la tierra: topógrafo, trotskista, un hombre que le sacaba a los cerros décimas de grado con la misma fe con que le esperaba el turno a la revolución. Era lúcido y era alegre, que entre gente seria es una combinación rarísima. Trabajaba como si el mapa fuera a salvar a alguien y después se sentaba a la mesa con un buen vino, como buen chileno, a discutir de historia sin amargarse.
Sobre esa casa pesaba además el apellido Dinator Rossel, que en Chile no significa dinero: significa aulas. Isaura Dinator Rossel se recibió de profesora de matemáticas en 1903, cuando a las mujeres todavía había que explicarles por qué querían estudiar, y llegó a ser la primera mujer sentada en el Consejo de Instrucción Pública del país. Todavía hay un liceo en Santiago con su nombre en la fachada. Esa rama no dejó tierras ni oro. Dejó pizarrones y estantes.
El costado caribeño era igual de alto, solo que en otro idioma: venía de una isla que se inventó a sí misma a contrapelo del mundo entero, la primera república negra, la única que se soltó las cadenas sola. Ahí atrás hay un colono francés que una mañana se miró las manos y sintió asco, mandó los látigos al carajo, firmó la libertad de sus esclavos y huyó con precio sobre la cabeza hacia la única tierra del hemisferio donde ese gesto no lo convertía en loco sino en vecino. Y hay, sin un solo papel que lo respalde, un danés. Un mercader, dicen, de los que llegaban con las bodegas llenas y se quedaban hasta que el ron los convencía. Nadie ha podido probarlo nunca. Él lo deja ahí igual: en las familias que salieron corriendo, el rumor también es una forma de archivo.
Su abuela vino del norte, del desierto, frente a un mar que no se puede beber, y la bajaron a Santiago siendo niña. Detrás de ella hay una holandesa de pelo de fuego, hay una mujer de apellido del Báltico y hay un hombre que se ganaba la vida haciendo fotograbados para un diario de Valparaíso: fijar en metal las caras del día para que al día siguiente envolvieran pescado con ellas. Nadie en esta familia llegó jamás a ninguna parte en línea recta. Todos entraron dando un rodeo, por la puerta de atrás, y todos llegaron cargando papel.
Su abuelo hizo de eso un oficio. Escritor, educador, arisco con los suyos como solo puede serlo alguien que aprendió temprano que quedarse es peligroso. Pirata. La dictadura lo empujó fuera y nunca terminó de volver.
Primero fue México. Dio clases en la universidad enorme del sur de esa ciudad, en los mismos años en que un haitiano en muletas explicaba economía a unos pasillos de distancia. Dos exiliados, dos idiomas, el mismo campus, la misma hora del almuerzo. Jamás se vieron. Una generación después, sus familias iban a dormir bajo el mismo techo, en un país que ninguno de los dos había pisado todavía.
De México lo sacaron su hermana y el marido arquitecto, que le consiguieron a dónde llegar en Costa Rica. Alguien saca a alguien: es lo único que en esta familia se hace sin falta.
Iba en el octavo libro cuando lo presentó en un pueblo de la costa, entre otros desterrados que a esas alturas ya solo se aplaudían entre ellos. Este año va en doce escritos y once publicados. Vive en Brasil. Manda libros; no manda cartas. Le salía más fácilenseñarle a un país entero que a la gente de su propia mesa.
Por él, y por su hermana, la casa de Macul terminó desarmándose. A ella la echaron del trabajo por pensar lo que pensaba, y al marido de ella también. El hermano ya andaba afuera. Con el cerco cerrándose, se vinieron a Costa Rica.
Y entonces los viejos hicieron la cosa más grande de esta historia, que además no está escrita en ninguna parte.
—¿Y los muebles? —preguntó ella, de pie en el pasillo, con el delantal todavía puesto.
—Los muebles se compran —dijo él.
Andaban por los sesenta y tenían las semanas contadas para salir. Dejaron la cama, dejaron el comedor donde se había discutido medio siglo de historia de Chile, dejaron las ollas. Empacaron los libros: catorce cajas atadas con pita. Y empacaron lo que de verdad importaba, que eran dos nietos —un varón y una niña; la niña iba a ser su madre—, porque en esta familia los abuelos crían, es lo que hacen, es casi un oficio. Se subieron los cuatro a un barco y no se bajaron hasta el trópico. Ella, que había ayudado a que un virus dejara de tumbar niños en el mundo entero, se mudó al otro extremo del mapa por la única razón que le pareció seria.
Cuando por fin cayó el dictador hicieron el viaje al revés. No volvieron a morirse: volvieron a vivir lo que les quedaba en su idioma, en su barrio, con su vino, y les quedaba bastante más de lo que nadie calculaba. Nunca se habían mudado. Habían ido a buscar a sus hijos.
Sesenta años antes, un tipo con un abrigo prestado había subido a un barco por exactamente la misma razón.
Mientras tanto, del otro lado del mapa, otra isla se estrangulaba de terror. Él tenía veintipocos años, un programa de radio y la costumbre imprudente de hablar de la libertad en voz alta, de modo que su nombre terminó donde terminaban esos nombres: en una lista.
El que lo sacó fue el tío. El de las muletas. Para entonces llevaba años exiliado en México y conocía de memoria el procedimiento, porque se lo habían hecho a él: una gestión, un contacto, un pasaje, una casa al otro lado con la puerta abierta y un plato más en la mesa. El hombre al que la polio le había quitado las piernas fue el que lo puso a correr.
De México siguió hasta este valle, y no por casualidad. En México aprendió el español atropellado que después le duraría toda la vida y se ganó dos becas al mismo tiempo, con la obligación incómoda de elegir una: ingeniería en Rusia o economía en Costa Rica.
Un muchacho recién sacado de una dictadura, con el mundo entero ofreciéndole dos puertas. Eligió la del país que no tenía ejército. Así de simple: después de lo que había visto, le pareció el único dato realmente importante que puede tener un país.
Lleva más de cuarenta y cinco años aquí. Habla mejor español que la mitad del barrio y terminó dando clases en la universidad que queda a unas cuadras de este taller, que es una manera elegante de decir que el hijo se pasa el día arreglando carros en las mismas calles donde el papá se pasó la vida explicando cosas.
Ella tampoco era nada todavía. Había llegado a los diecisiete, criada por sus abuelos, y estaba sentada en un aula de la Universidad Nacional, en Heredia, allá arriba entre cafetales.
Él le prestó un libro. Ella no se lo devolvió nunca —en esta familia no se devuelve ningún libro, es un rasgo hereditario, prácticamente un color de ojos— y cuarenta años después el libro sigue en la sala de la casa de ellos, con el nombre de él escrito en la primera página con una letra que todavía no era la letra de un maestro, porque todavía no era maestro.
Eso vino después, y vino junto. Los dos terminaron educadores: él, intelectual y profesor, las dos cosas a la vez; ella, media vida recorriendo Centroamérica y el continente con la cooperación canadiense, llevando educación a donde no llegaba y, sobre todo, llevando lo que no cabe en los informes —sensibilidad, humanismo, la idea rarísima de que a la gente pobre también hay que hablarle bonito.
No se reconocieron como colegas. Se hicieron colegas.
De ahí nacieron él y su hermana, en el punto medio exacto del desastre: desde esta cocina, la isla del papá queda a mil seiscientos kilómetros y el país largo de la mamá a cinco mil.
Y cuando volvió la democracia, se devolvieron todos. Los viejos primero, a morirse en su idioma. Después el resto: los hermanos, los tíos, las cajas, el país entero llamándolos de vuelta como si nada hubiera pasado.
Ella no.
Ella se quedó parada en la sala de un aeropuerto del trópico, con dos niños agarrados de las manos, viendo irse a toda su gente. Tenía un marido, un trabajo, un aula y una casa con un libro prestado en la sala. En un muelle de Irlanda, un siglo antes, alguien se había subido a un barco por no soltar a los suyos. Ella se quedó en tierra exactamente por lo mismo.
Es la única de esta familia que eligió quedarse. Por eso él existe aquí y no en otra parte.
Son las tres y veinte y el lápiz sigue sin bajar a la hoja.
Y acá viene la parte que no le va a contar a nadie: por un minuto entero, esta madrugada, los odia a todos. A los ocho, a los dieciséis, a los treinta y dos. Nadie le preguntó si quería cargar con esto. Lo que él quería era una infancia con un solo idioma y un abuelo que mandara cartas en vez de libros. Un apellido que no haya que deletrear. Un país. Uno solo, aunque fuera feo.
La hija duerme en el otro cuarto sin sospechar que su tarea de estudios sociales es una trampa.
Y afuera sigue lloviendo, y esta semana el barrio se llenó de faroles: el quince de septiembre este país sin ejército sale con desfiles de niños y tambores de lata a celebrar que un día le avisaron por correo, con meses de atraso, que ya era independiente. A él le gusta esa fiesta. Le gusta que aquí la independencia haya llegado en un sobre y no en una montaña de muertos.
Cuatro días antes fue el otro aniversario, el que no se celebra. En el país largo la gente volvió a salir a la calle, como sale cada once de septiembre desde hace cincuenta y tres años, con las fotos de sus muertos colgadas del pecho, caminando al mismo cementerio a preguntar lo mismo. Y como cada año, alguien mandó a la policía a pegarles. Da igual quién estuviera en el palacio esa vez: les han pegado los herederos de los que se robaron el país y les han pegado los que se dicen socialistas, los que marchaban con ellos antes de tener las llaves. Cambian los discursos; los carabineros son los mismos.
Y a la isla, doscientos años después de soltarse las cadenas sola, todavía le están cobrando la cuenta. Le pusieron precio a su propia libertad y la pagó en oro durante generaciones; cuando terminó de pagar, llegaron otros a explicarle cómo debía gobernarse. No la castigaron por haber perdido. La castigaron por haber ganado. Y lo más sucio no viene del norte: viene de al lado, de los que en este continente todavía se miran al espejo esperando ver a un europeo.
Siempre fue el mismo truco. La cura existe; nunca ha dejado de existir. Lo que no hay es quien la reparta.
Y ahí está lo que ninguna casilla va a poder registrar.
Porque los dos lados de esta familia, sin conocerse, sin hablar el mismo idioma, sin pisar nunca el mismo continente, estuvieron siempre en el mismo bando. El irlandés al que echaron por repartir papeles. El topógrafo que medía cerros de día y esperaba la revolución de noche, y que además se reía. La maestra que levantó escuelas públicas para niñas que nadie pensaba educar. La médica que se encerró en un laboratorio a pelear contra un virus que tumbaba sobre todo a los hijos de los pobres. El muchacho de la fábrica de cemento que organizó a sus compañeros con las piernas muertas y después le hizo la autopsia por escrito a una dictadura. El de la radio, hablando de libertad hasta que lo pusieron en una lista. El escritor que manda libros y no manda cartas. La mujer que se pasó el continente entero enseñando, y enseñando además que a la gente pobre hay que hablarle bonito.
Ninguno tuvo plata. Ninguno tuvo tierras. Todos tuvieron un lado, y siempre el mismo, y casi siempre el que pierde. En esa casa pueblo no fue nunca una palabra de discurso: era la lista de quiénes se sentaban a la mesa.
Eso es lo que se hereda de verdad. No la sangre: el bando.
En el cuarto del fondo cruje una cama. Después unos pies descalzos en el piso. Él alcanza a pensar, con toda su alma, que ojalá sea solo un vaso de agua. A las tres y media aparece en la puerta de la cocina, con el pelo hecho un desastre.
—¿Ya lo hiciste?
—Estoy en eso.
—¿De dónde somos?
Él mira la hoja. Ocho rectángulos, dos renglones, una maestra con buenas intenciones y una imprenta que nunca conoció a esta familia.
—Dame el lápiz —dice ella.
Y escribe, en el renglón del país de origen, con esa caligrafía enorme de los siete años, una sola palabra: varios. Después se va a dormir otra vez, porque a esa edad las cosas difíciles duran once segundos.
Él se queda mirando la palabra. Después agarra la guitarra, más que nada para no llorar en la cocina como un idiota, y busca a tientas el acorde exacto. Ese, no el de al lado. Hay un topógrafo midiéndole el silencio. Hay pulso de médica en los dedos. Hay dos maestros repitiendo el mismo compás cuarenta veces. Hay un hombre en muletas subiendo una escalera sin dejarse ayudar.
El acorde aparece.
La sangre pesa como el plomo. La única manera de cargarla es afinarla.
Esa misma madrugada, a cinco mil kilómetros, en una casa de Brasil donde hace un calor distinto, un viejo tampoco puede dormir. Lleva doce libros: once publicados y uno abierto sobre la mesa desde hace años, atascado, porque le falta el final. Ha escrito el muelle. Ha escrito las catorce cajas. Ha escrito el microscopio y las muletas y el desierto y el puerto.
Enciende la lámpara, se inclina sobre el cuaderno y escribe, sin saber de dónde le llega la frase:
Llueve sobre los techos de zinc del barrio este, cerca de la universidad, y un hombre se limpia la grasa de las manos.
En la cocina, el hombre levanta la cabeza. Por un segundo tiene la sensación exacta de que alguien acaba de escribir la lluvia que está oyendo.
Y sigue tocando, porque acá abajo no se ha acabado nada todavía; porque el lunes hay que entregar la tarea; porque en el otro cuarto duerme una niña que va a heredar un mapamundi cosido a cicatrices —un abismo, sí, pero un abismo bien organizado— y, junto con el mapa, la pelea; y porque en esta familia, ya se dijo, los libros no se devuelven.
Se heredan.